LEVANTANDO LA MESA



por MARIA M. RAMOS

Las personas, que en grupos visitan los domicilios donde hay «almas nuevas», caminan de casa en casa, toda la noche del 1º de noviembre, hasta el amanecer del día 2. En algunas, cerca de las 5 o 6 de la mañana, se acostumbra servir y saborear «kalapurca».

Algunas familias que esperan las «almas nuevas», invitan a los visitantes a levantar la mesa el 2 de noviembre, a temprana hora, por ejemplo a las 7 de la mañana o antes. Otros lo hacen después de la misa para los difuntos que tiene lugar en la iglesia o en el cementerio. Hay quienes, antes de levantar la mesa, ofrecen un almuerzo.

Cuando el dueño de casa dispone «levantar la mesa», en primer lugar nombra dos personas que se harán cargo del reparto de todo lo que hay en ella (ofrendas, comidas y bebidas). Esas personas invitan a los presentes a ubicarse en forma ordenada para «despedirse de la mesa»; todos rezan para finalizar entonando el canto: «Un alma perdida». Antes de comenzar con el reparto, los encargados piden permiso a todos los presentes.

Hay quienes, disimuladamente, están observando qué cosas podrían «robarle» a los encargados de la repartija. Mientras buscan la mejor ubicación los visitantes alistan bolsitas o fuentes para recibir las ofrendas. El dueño de casa provee de canastos, platos, cucharas, cuchillos, jarras, vasos, etc., todo lo que hace falta para repartir a todos por igual. Primero se reparten las golosinas, luego las ofrendas saladas, luego las dulces, y por último las comidas regionales y las bebidas.

Algunos visitantes bromistas, haciendo gala de su picardía extraen de la mesa una lata de durazno al natural o un atado de cigarrillos o cualquier otra cosa al azar; mientras, el resto de los participantes está atento a lo que pasa allí. Entonces alguien pide al encargado la lata de duraznos o el cigarrillo que faltan. Si lo requerido no aparece, los encargados serán multados. La multa consiste en que beban un vasito de alguna bebida fuerte. Se les da minutos contados para que encuentren lo que falta, de lo contrario se los volverá a multar. Y si, por casualidad, el que quiso «robar» algo, es detectado por los repartidores, también será multado.

En la mesa siempre hay ofrendas de pan chicas y grandes. Algunas coronas, cruces, escaleras, ángeles, muñecas y guaguas se guardan para realizar el «despacho de las almas».

En canastas se colocan comidas, flores y un poco de cada bebida, en envases chicos, que será para ch’allar el lugar en donde se produce el despacho; también se llevan hasta allí hojas de coca y cigarrillos.

Se cava un pozo en la tierra, en un lugar apropiado, en forma de sepultura. En el interior, se dice que los dolientes hablan con las almas; así, nombrándolas en todo momento, se coloca allí lo escogido. Se forma una peaña (un montículo con piedras y tierra, que simula un sepulcro), se ch’alla bien, brindando con el alma, fumando y «haciendo fumar y coquear al alma en las velas».

Luego se vuelve a la casa y se prosigue con al nombramiento de «comadres » y «compadres». Cualquiera de los visitantes que quiera, uno vestido de cura y otro de sacristán procederán a bautizar las guaguas de pan que anteriormente se repartieron. Los apodos de los compadres, comadres y «ahijados» se imponen combinando graciosamente nombres personales, de comidas, plantas, animales, flores o verduras; por ejemplo: «María Sopa», «Zorro del agua», «Carmen Lechuga», «Juan ‘ta Caima», «Rosa Pan y Agua».

También se habilita un «Registro civil» donde se anotan los nombres. Luego se pasan los «documentos» al «cura» que va llamando por nombres y procediendo a bautizar las guaguas de pan. Entre risas y con mucha algarabía, todo sigue siendo con respeto.

Al final llaman a todos los que participaron y entra el «sacristán» con un plato de harina y otro con ají molido, y un recipiente con brasas. Todos se reciben de compadres y/o comadres. Entonces el «cura» y el «sacristán» proceden a soplar del plato harina en el rostro de cada uno de los presentes, mientras en la puerta humea el ají picante. En consecuencia, todos salen estornudando y enharinados.

Reiteremos una vez más, aunque muchos ríen a las carcajadas durante el «bautismo», el acto de «hacerse compadres de guaguas de pan» es muy respetado. Finalmente comadres y compadres se sirven bebidas fuertes o chicha con las que ch’allan a sus ahijados. Algunos suelen bailar o cantar coplas como despedida final.