Amara Nº 7: LA VIRGEN DE PUNTA CORRAL
PAÑUELAZO EN TILCARA
Más allá del folclore
Era Viernes Santo. Miles de curiosos, devotos y fieles cristianos venidos de la Argentina o del extranjero, se apretaban en la plaza y las calles contiguas al templo. En la iglesia se acababa de terminar la liturgia de la Pasión de Jesús y se estaba por dar inicio a la tradicional procesión del Cristo Yacente con las imágenes del cuerpo del Crucificado y de la Virgen Dolorosa. En ese momento se realizó un pequeño acto que no había sido previsto en el programa. Eloy Roy, el sacerdote misionero de origen canadiense que presidía la celebración, no dio inmediatamente la señal de partida para la procesión. Antes, se paró entre el altar y la imagen de la Virgen, tomó el micrófono y entonó un canto desgarrador que hizo retumbar por la iglesia y la plaza la eterna pregunta del principio de la Biblia: «¿Tu hermano, dónde está?» (Gén 4,9).
Frente a él, en la primera fila de la asamblea, se destacaba un pequeño grupo de Madres de Plaza de Mayo cubierta la cabeza con su famoso pañuelo blanco. Entre ellas, la heroica Olga Aredez, de Libertador General San Martín, y su valiente compañera de Buenos Aires, Nora Cortiñas. Olga era una amiga entrañable y una prodigiosa fuente de inspiración para los animadores de comunidad de la parroquia de Tilcara. La desaparición forzada de Luis, su marido, la había transformado en una promotora apasionada de la causa de los detenidos-desaparecidos de la Argentina. Su lucha se había desarrollado la más de las veces en total soledad frente a poderes hostiles y en medio de un pueblo paralizado por el miedo. A pesar, o a causa de ello, a Olga le había nacido como un sexto sentido para desenmascarar la mecánica de la injusticia en su ambiente, en el país y en el mundo. Con extrema generosidad acompañaba en su lucha a los sectores más empobrecidos y, en todos los foros, compartía el fruto de su experiencia y reflexión. Su aporte al grupo de jóvenes de Derechos Humanos de la parroquia de Tilcara había sido trascendente.
Desobediencia debida
Justamente en ese abril del 1988, el proyecto de ley «de Obediencia debida», que poco después iba a ser aprobado por el Congreso, tenía a estos jóvenes hirviendo en indignación. Al ser sancionada, esa ley lavaba de toda culpa al 99% de los responsables directos de la desaparición forzada de 30.000 argentinos y de miles de otros crímenes cometidos durante la Dictadura. Sólo el miedo y el más vil oportunismo político podían explicar semejante aberración, y los jóvenes de la parroquia de Tilcara no se lo iban a tragar. Quisieron plasmar en un gesto público muy fuerte su repudio más absoluto a ese proyecto de ley. Pero Eloy, con o sin razón, temió por ellos. Sintiéndose más protegido por su doble condición de sacerdote y de ciudadano extranjero, le pareció que si riesgos había, a él le tocaba correrlos. En eso cayó Semana Santa. Las concurridas celebraciones en Tilcara, particularmente las del Viernes Santo, le ofrecieron una ocasión ideal para pasar al acto.
En la iglesia, el pequeño grupo de Madres de Plaza de Mayo había seguido la liturgia de la conmemoración de la Pasión de Jesús. Estaban de pie, tensas, pendientes de cada gesto y de cada palabra, como reviviendo su propio calvario. De su boca no salía una palabra, pero a través de sus ojos, su silencio y su pañuelo blanco se podía oír desde la humilde iglesia de Tilcara la voz del mismo Dios planteando, esta vez al alma argentina, la gran pregunta del principio de la Biblia: «Tus 30.000 hermanos detenidos-desaparecidos, ¿dónde están?»
La víspera, en la celebración de la Última Cena del Señor, el sacerdote había lavado los pies a María del Carmen, madre de un desaparecido de San Salvador de Jujuy. Y en su homilía de ese Viernes Santo, con claridad y fuerza, había recordado los motivos reales por los que Jesús había sido detenido, torturado y vilmente asesinado en una cruz, ciertamente no por Dios, sino por las autoridades de su pueblo.
Un sistema distinto
Jesús, con una autoridad y una libertad única, proclamaba un Reino que no correspondía, por cierto, al tipo de reinos de la época y menos todavía al reino de los dos déspotas de su país. Uno de esos déspotas era Caifás, jefe religioso integrista, corrupto y cínico; otro era Pilatos, jefe militar, famoso por su crueldad y oportunismo político. En el reino de ambos, unos eran primeros y otros, últimos. Los primeros eran los terratenientes, los prestamistas, los vivos, los mentirosos profesionales, los ricachones podridos en plata, los soldados y policías que sembraban el terror en el pueblo, los orejones de éstos, sin olvidar a los soplones y a los chupacirios de la religión que se arropaban de amor y de paz para mejor hacerles trampa a la verdad y a la justicia. Los últimos en ese reino eran las víctimas de los primeros, es decir: los pobres, los enfermos, las prostitutas, los colectores de impuestos, la gente oprimida, explotada, marginada, agobiada, en una palabra, todos los «jodidos» de la sociedad que formaban la inmensa mayoría del pueblo. Nadie cuestionaba ese «orden», considerado como normal y natural. Nadie, a excepción de Jesús y unos guerrilleros extremistas llamados zelotas.
Jesús era tan revolucionario como los zelotas, tenía amistad con algunos de ellos, pero era muy distinto de ellos. No era un incendiario fanático como los zelotas (que, al final, llevaron su nación a la ruina total), y tampoco era un pacifista bombero como un cierto cristianismo emasculado se empeñó en pintarlo. Jesús era un hombre comprometido de cuerpo y alma con los últimos de su pueblo. Tenía una fe absoluta en Dios y en el ser humano.
Para él, el amor de Dios había puesto en el corazón de toda persona, aún la más desfigurada, la capacidad de romper todas sus cadenas, incluso las de la muerte. El motor de su acción era una fe, una misericordia y una entrega sin límite. Y una repulsión visceral al mal disfrazado de bien, a la mentira disfrazada de virtud. El amor paciente y comprensivo se conjugaba en él con una fantástica creatividad, audacia y libertad, y también con la indignación, la denuncia, la provocación, la bronca, incluso el rebenque, pero nunca con el odio, la venganza o la destrucción del otro. Se dejó masacrar antes que en su nombre o por su reino se derramara una sola gota de sangre ajena.
Ahora bien, el reino que Jesús proclamaba, era precisamente al revés del reino de Caifás y Pilatos. En su reino eran primeros los que en el mundo de Caifás y Pilatos eran los últimos, y eran últimos aquellos que en el mundo de Caifás y de Pilatos eran primeros. Dos mundos opuestos como el día a la noche.
En un principio, Caifás había tolerado a Jesús, pensando que era nada más que un loco inofensivo. Pero al ver la inmensa popularidad que ganaba entre los oprimidos, lo miró como enemigo. Llegó a estimar que, por razones de seguridad nacional, había que eliminarlo. Entonces mandó a secuestrar a Jesús. De noche, naturalmente. Con sus partidarios le hizo una mascarada de juicio, lo trató de charlatán, hereje, sacrílego y apóstata, y finalmente lo entregó a Pilatos acusándolo de subversivo y rebelde. Jesús fue azotado con puntas de hierro, escupido, picaneado con espinas en la cabeza, y despectivamente condenado a ser crucificado como pretendido «rey de los judíos», es decir, como insurgente contra el orden imperial de los romanos.
Fue castigado con una muerte horrenda para escarmiento de todos aquellos que tuvieran la tentación de imitarlo. La medida fue eficaz, pues con el correr del tiempo, los mismos discípulos, acomodados en las primeras filas del mundo de los emperadores, travistieron el Evangelio de Jesús en un mensaje religioso sin sabor. Lo que era la Buena Noticia de Dios para los pobres y oprimidos y que debía ser la sal de la tierra, fue sistemáticamente expurgado de su fibra profética y revolucionaria para convertirse en lo que alguien denunciara tan acertadamente como el opio del pueblo.
Un Jesús desobediente
A ese Jesús, al que habían denunciado alguna vez como endemoniado, lo mataron por poner en peligro la estabilidad de la religión y del Estado (Jn 11, 47-50).
En realidad, ¿qué se reprochaba a Jesús? El no haberse arrodillado ante el Sumo Sacerdote y el Gobernador militar. El haber sido la voz de los sin voz, la esperanza de los desamparados; el haber sido, por su compromiso personal, el hombre de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad. El haber sido un hombre libre al servicio de la libertad. El no haber permitido que a Dios se lo mezclara con las artimañas del poder y se lo usara para explotar a la gente de buena fe y sin defensa. Por haber pretendido que Dios estaba con él y con esa gente sencilla que lo seguía y que ellos despreciaban. El pecado de Jesús fue el no haber sido jerárquico, el haber infringido los cánones de la religión oficial, en una palabra, haber sido desobediente. Por ese pecado capital fue desechado como la más detestable basura.
En la Argentina, con actores distintos y en circunstancias diferentes, algo similar había pasado. Hombres y mujeres, creyentes o no creyentes, santos o pecadores, con fusiles o sin fusiles, con sensatez o locura, pero la mayoría de ellos con mucha lucidez, generosidad y valentía, habían peleado también, aunque a veces con medios distintos y quizás con otro espíritu, por ideales y valores parecidos a los de Jesús de Nazareth. Fueron desobedientes. Por eso las fuerzas del orden los detuvieron y nunca más se supo de ellos. Sus familiares y amigos salieron a preguntar por ellos, pero nunca recibieron respuesta.
La bomba
En fin, para que se supiera que un cristiano bien nacido no puede sino estar del lado de esas mujeres y hombres que no se conforman con que se les conteste: «Yo, argentino…» o «…por algo habrá sido», Eloy, echando mano de un paño blanco (de esos que se usan para la misa), lo dobló en forma de pañuelo y, volviéndose hacia la imagen de la Virgen Dolorosa, la coronó con la insignia característica de las Abuelas y Madres de los 30.000 Detenidos-Desaparecidos de la dictadura argentina.
Fue grave y grande, como un rayo de millones de voltios cayendo de repente del cielo azul de la pacífica Tilcara, estrellando cerros y rocas, despertando a los dormidos, estimulando a los despiertos, escandalizando a los beatos y enfureciendo a otros.
La procesión se puso en marcha hacia la salida de la iglesia.
Ni bien apareció el sacerdote en la puerta del templo, seguido por la imagen tocada con el Pañuelo, le cayó encima una lluvia de piedras e injurias. Mujeres y hombres al borde del patatús le largaron una letanía de «apátrida, foráneo, infiltrado, marxista y anticristo». Le gritaban que ellos eran «el pueblo» y que el pueblo lo repudiaba, y que se rajara del país en el acto… Pero al pueblo, justamente, no le pareció, pues de la plaza se levantó en contra de ellos un gruñido de bronca que les asustó tanto que fueron ellos los que tuvieron que rajar. (…)
No sólo el Pañuelo, sino también un par de ermitas demasiado explícitas arrugaron la sensibilidad religiosa de esos valientes talibanes de la ortodoxia católica. Una de esas ermitas había sido colocada justo arriba de la puerta central de la iglesia y representaba el cuerpo desangrado del obispo Angellelli bajo una rueda de jeep militar. Otra ermita mostraba a un soldado romano muy malo que torturaba a Jesús; pero en la versión tilcareña el soldado no llevaba capa ni casco romano sino pantalón caqui y botas de milico, y en vez de azotes, empuñaba un fusil «made in USA». Muchos sabios de la Iglesia ya habían empezado a hablar de la necesidad urgente de «inculturar» el Evangelio para que la sociedad de hoy lo entendiera mejor; esas ermitas, al igual que el Pañuelo, quisieron responder en parte a dicha expectativa. (…)
¿Nueva evangelización?
Unos dicen que la Virgen era santísima, mientras las Madres eran comunistas. Pero nunca se les ocurrió preguntarse lo que Caifás y Pilatos podían haber pensado o dicho de la madre de ese Jesús que ellos habían mandado a crucificar... Ese interrogante y mil otros se plantearon en la polémica que por entonces se desató en los medios de comunicación y que tuvo su eco hasta a nivel nacional.
Unos ensalzaban a Eloy Roy hasta el cielo y otros lo mandaban al fondo del infierno. Pero todo giraba, al final, alrededor de una sola pregunta: ¿Si Jesús, hoy, viviera en la Argentina, en Tilcara o en Jujuy, qué enseñaría, cómo actuaría, qué sería él para la gente?… ¿Cuál sería su actitud para con las personas y organismos dedicados a la promoción y la defensa de los derechos humanos? ¿Qué diría Jesús de los obispos y sacerdotes que bendijeron la dictadura y colaboraron con los genocidas? ¿Acaso María, la madre de Jesús, no andaría feliz al lado (o al frente) de las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo con sus broncas y su lucidez y, por qué no, también con sus ambigüedades?...
Para los que, justo en esa época, buscaban los caminos de una «nueva evangelización con nuevos métodos» se estaba abriendo en la plaza pública un debate realmente apasionante. Pero para aquellos que veían sus privilegios amenazados por la nueva democracia, y más todavía por una Iglesia que empezara a balbucear la lengua de los oprimidos, ese debate era el colmo de la insolencia y de la subversión. Han pasado veinte años desde el «Pañuelazo en Tilcara».
¿El debate continúa?
